‘Hombre rico, hombre pobre’

Amanecía en Madrid el 2 de enero de 2014. El señor López, Don Leopoldo para los amigos, remoloneaba en la cama mientras su despertador seguía sonando. No fue hasta que su mujer, María, emitió un gruñido de insatisfacción y le soltó una coz en el gemelo que decidió incorporarse levemente para poner fin a ese molesto tono de alarma predeterminado. Tarareó, mientras se quitaba las legañas, la melodía de ‘Ecstasy of gold’, canción que había usado hasta los 28 años para levantarse todos los días. Desde que ocupó el cargo de vicepresidente ejecutivo de la entidad financiera más cotizada de la bolsa española, se había visto en la obligación de comportarse de manera formal dentro y fuera del ámbito laboral. La exigencia, sin embargo, de cambiar esa sublime música por algo más “normal” no había venido de su voluntad, sino de la de María.

Tras asearse, vestirse y acicalarse, se disponía a bajar al garaje para ir al trabajo, cuando se dio cuenta de que el coche no estaba allí, sino en el taller, por una avería. Pensó en llamar a un taxi, pero no tenía suelto en los bolsillos del traje ni de la chaqueta.

Veinte minutos después, se hallaba en lo que su entorno conocía como “la cloaca”. Una gran cantidad de ratas se apretujaba y transmitía un calor asfixiante y un olor comparable al de una depuradora de agua. “Próxima parada: Nuevos Ministerios…” se escuchó en megafonía, y don Leopoldo se levantó de su sitio para salir del vagón y dirigirse a la línea 10, para hacer transbordo.

Por el camino, se encontró con su peor pesadilla: un músico que atraía a las masas con su ágil movimiento de manos y una precisión extraordinaria para tratarse de alguien que, presumiblemente, no era un profesional. Lo que le irritaba al señor López no era la música, pues hacía años que había conseguido insensibilizarse a ésta. “Es absolutamente necesario evitar cualquier tipo de distracción a lo largo del día, sólo hay que prestar atención a aquellas cosas de las que se pueda obtener una utilidad vital”. Ésta y otras enseñanzas formaban parte del credo de su único jefe, el Presidente del Banco. El ocio estaba permitido en cierta medida, en tanto que era imprescindible para rendir bien en el trabajo, pero siempre y cuando no fuera adictivo. El arte, en ese sentido, no era más que una droga, había que mantenerse al margen de ella para mantener la mente siempre despierta y cuerda.

Violinista metro

Como decía, no era la música lo que le exasperaba, sino el ver a tanta gente atenta o sacando vídeos y fotos. Nunca había comprendido por qué alguien así podía ser considerado un ídolo. Después de todo,  no aportaban nada tangible al país. Si ni siquiera los grupos o cantantes más conocidos, que tributaban fuera de nuestras fronteras eran útiles económicamente, ¿cómo lo iba a ser un parásito que se aferra a la vida sentado en un taburete carcomido?

Ya estaba a punto de atravesar esa multitud de gente cuando el músico dejó de tocar su violín bruscamente, en medio de la obra. Al girar la cabeza, don Leopoldo vio cómo el hombre se acercaba señalándole con el arco del instrumento. Su pelo largo y negro, muy descuidado, y un rostro demacrado y oxidado eran prueba de que aquel individuo había vivido durante mucho tiempo en la calle.

_¡Yo te conozco!

_Lo dudo-respondió el señor López-soy bueno recordando caras y la suya no me suena.

_Ya sé quién eres. Eres Leopoldo. Ese tono de voz tan escéptico es inconfundible.

_Don Leopoldo, querrá decir. Le agradecería que me tratara de usted, del mismo modo que yo lo hago. E insisto, no sé quién es usted.

El público, que había permanecido callado y expectante hasta entonces, soltó un ligero abucheo tras estas palabras del hombre de negocios.

_Dejémonos de tonterías, Leopoldo, que somos adultos. Sé que has triunfado y que tienes dinero a raudales, así que si todavía te queda algo de alma, ayúdame, por favor.

Abochornado por la situación, ante el compromiso en que ese violinista del tres al cuarto le había metido, don Leopoldo buscó en sus bolsillos alguna moneda, pero evidentemente, seguía sin tener ninguna.

_No tengo suelto.

_No me refería a eso, joder. Espera a que todo el mundo se vaya y hablamos más tranquilos.

_Tengo prisa. Otra vez será.

_¡Espera…!

Pero no esperó, anduvo deprisa hasta la línea 10 para llegar al trabajo a la hora que se había propuesto. Al tener un tan alto cargo, su tiempo de trabajo era gestionado por sí mismo, por lo cual, no tenía horario estricto.

En su despacho, reinaba una calma poco apaciguadora. No dejaba de pensar en ese hombre que parecía conocerle tan bien. Buscó sin éxito en internet, en todas las redes sociales y en todas sus listas de contactos, pero nada, no aparecía por ninguna parte. ¿Quién diablos sería ese tipo?

A las 8 de la tarde, después de una jornada de trabajo no muy intenso (para lo que solía ser), debía tomar la misma decisión de antes: coger taxi o volver en metro a casa. Había sacado dinero de un cajero cercano al edificio donde trabajaba, así que lo lógico para él era llamar a un taxi. Mas no aquel día. La inquietud por reconocer al violinista había estado persiguiéndole todo el día, y quería librarse cuanto antes de ella. Por ello, volvió a la línea 10, esperando encontrarle en los túneles que conectaban ésta con la línea 6.

Ahí estaba, acurrucado contra la pared y envuelto en una manta. Al acercarse, don Leopoldo percibió un fuerte olor a alcohol en su aliento.

_Así que te gastas el dinero en esto…Magnífico.

_¡Hombrueeee! Sabía que…volverías. Aunqueeee has…tardado un poco, ¿nooo? – el músico trataba de juntar palabras en una misma frase con sentido.

_¿Y querías que te diera dinero para pagarte las botellas?

_Me refería a otro tipo de ayuda. Tengo el talento suficiente para ganarme la vida con la música, lo que me hace falta es la oportunidad de poder tocar mi violín en un sitio más propicio.

 

Continuará…

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