‘Hombre rico, hombre pobre’. Parte 2.

Ixotype-Blog-Chagall- El violinista

Día 3 de enero, viernes, 5:00 AM. Don Leopoldo miraba el techo de su habitación mientras pensaba. Había dormido muy poco por culpa de un fuerte dolor de cabeza, que había nacido debido a la fuerte discusión del día anterior. No sólo no había conseguido sonsacar al violinista cuál era su nombre, sino que, lejos de tener una conversación simple y “agradable” (consistente en una serie de alabanzas mutuas y sonrisas forzadas y falsas), se había visto obligado a levantar el tono de voz en más de una ocasión, algo a lo que había perdido costumbre desde su 5º ascenso en el trabajo.

Y todo porque ese violinista callejero, que se creía con derecho a seguir manteniendo vicios como el alcohol, tras haber escuchado un rotundo ‘NO’ a su proposición, había seguido insistiendo. Don Leopoldo, en ese momento, utilizó la famosa técnica del ‘disco rayado’, consistente en repetir una y otra vez la misma frase (‘No puedo ayudarte’), dijese lo que dijese su interlocutor. Pero aquel hombre no actuaba como una persona normal del banco, se suponía que debía cansarse y abandonar la discusión. Nada más lejos de la realidad. Resulta que ese músico borracho con altas pretensiones no se daba por vencido:

_Sabes… por muy arriba que estés en la… cadena alimenticia, no veo por qué no me puedes ayudar.

_No te puedo ayudar – seguía repitiendo el señor López instintivamente.

_Precisamente… por tener tanto poder y pasta…tienes una mayor responsabilidad…que toda la gente que lucha por llegar a fin de mes… y mantener a sus hijos.

_No te pue…espera, ¡¿QUÉ?! – el asombro y la furia que despertó aquel comentario en el hombre de negocios le hizo abandonar ese jueguecito del loro.- ¿Me estás diciendo que DEBO dar dinero a la caridad? ¿Que tengo que financiarte porque tengo una cuenta pendiente con el mundo? ¡¿Pero quién te crees tú para decirme lo que tengo que hacer con mi dinero?!

_Si tuvieses una mínima empatía y ética…deberías hacer de este mundo un lugar mejor, no conservar el que hay o empeorarlo.

_Yo no le debo nada a este mundo, todo lo que tengo me lo he ganado.

_Recuerda… para que vosotros estéis arriba, otros tenemos que estar abajo.Tu fortuna… la has ganado y la seguirás ganando…a costa de que hay y habrá gente en mi situación.

_¡Hasta aquí hemos llegado! ¿Piensas de verdad que he llegado hasta aquí sin esfuerzo? He tenido que sacrificar mucho para conseguirlo. Tengo casas, un barco de vela…y, ¿de qué me sirven? No tengo tiempo para disfrutarlos. ¡Nunca lo he tenido desde que salí de la universidad! Y aun así, no me arrepiento de haberlos comprado. Si no vivieses de la voluntad de los demás, entenderías que la propiedad privada es sagrada, ¡y cada uno hace con la suya lo que le place!

Acto seguido, el señor López abandonaba la escena del crimen (esta expresión no es accidental), mientras el violinista tocaba esta melodía:

 

De vuelta al viernes 03/01/2014, la alarma despertó a Don Leopoldo de sus reflexiones. Todavía no había llegado el fin de semana, así que ese día tenía que ir a trabajar, pero decidió tomarse el día libre, con el fin de descubrir, de una vez por todas, quién era ese violinista y de qué le conocía. Podría hacerlo en el trabajo, pero necesitaba cierto material del que no iba a disponer allí.

Salió de la cama, dejando más espacio para María, que seguía durmiendo. Fue en bata y pantuflas hasta su ‘bureau’ y allí tomó de una estantería todos los álbumes de fotos antiguas que encontró. Se sentó y comenzó a hojearlos uno por uno. No encontró a nadie que se le pareciese mínimamente en los álbumes familiares o en fotos de su época universitaria. ¿Sería alguien de su colegio?

Encontró un par de orlas del instituto, y observó muy detenidamente las caras y nombres de todos sus compañeros, aunque se acordaba bastante bien de ellos. Obviamente, tenía que ser alguien a quien le gustase la música. Fue marcando con un círculo a todos los chicos a los que él recordaba haber escuchado alguna vez tocar un instrumento o cantar bien. Ahí estaba Fernando, que tenía una gran agilidad en los brazos para tocar la batería. Ahora esa agilidad en los brazos la usaba para mandar a todo el mundo como jefe de producción en una multinacional. Por ahí andaba Félix, que tocaba la guitarra. Ahora tocaba las narices en una casa de empeños.  Ese otro era Andrés, un pequeñín con un gran potencial en la voz. Ahora su voz no le temblaba, a la hora de despedir trabajadores en una empresa. Y ese era Pablo, tocaba la flauta. Ahora se tocaba la flauta viviendo en una mansión heredada. Y aquel de allí era…un momento, ¡era él!

Momentos después de asimilar tal bombazo, cuando se recuperó de la sorpresa, corrió hacia su armario, se puso el primer traje que vio y, sin asearse, afeitarse ni peinarse, anduvo rápidamente hasta la boca de metro. Al salir de la línea 6 en Nuevos Ministerios, buscó a ese hombre, al que ya había identificado como Pedro Ramírez. No le encontraba, no estaba tocando ni acurrucado contra la pared donde le vio la otra vez. Gritó su nombre en repetidas ocasiones por los pasillos, pero nada.

En mitad de la nada, una melodía que se asemejaba al Réquiem de Mozart llegó a sus oídos. Guiado por la música, Don Leopoldo caminó hacia el andén de la línea 10. En el trayecto, se cruzó con una enorme multitud que no paraba de murmurar. Venía tanta gente en dirección contraria que le era imposible avanzar. De repente, esa masa de personas fue partida por la mitad, como el mar rojo, por una mujer y un hombre con el uniforme de trabajadores del metro. El señor López les siguió y, aunque al llegar al andén le pidieron que se retirase, él hizo caso omiso.

El tren estaba parado en mitad de la estación, parecía que había chocado con un obstáculo. De los raíles seguían saliendo aquellos lamentos musicales. Los trabajadores del metro bajaron a la vía a desatascarla. Lo primero que sacaron fueron trozos de madera y cuerdas. Posteriormente, levantando el tren unos centímetros, consiguieron mover lo que bloqueaba el paso de éste. Don Leopoldo reconoció, al fin, lo que quedaba de la cara de Pedro, el que fuera su mejor amigo durante la educación secundaria, en ese cuerpo que sacaron los empleados del metro tras el violín.

Ya desde los 13 años tenían formas muy diferentes de ver la vida. Leopoldo era un chico conformista y apático, mientras que Pedro soñaba con cambiar las cosas, con forjarse una identidad a través del arte. Tanto fue así que, a los 16 años, abandonaba los estudios académicos para convertirse en un gran músico. Ahora, abandonaba la vida para vivir en un lugar mejor.

 

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