Un asiento en palco, por favor.

La gran ventana muestra tras de sí

a un hombre apagado y quieto que,

con ceniza sobre su cabeza,

observa atentamente el exterior.

 

Su mirada busca, sin encontrar

un atisbo de vida natural

que le despierte de su letargo

y le dé esperanzas de vida,

más de las que el INE preveía.

 

Ojalá se acercasen los niños

a la sombra de su alargado balcón,

a jugar con el balón a fútbol,

y así pudiera él ser árbitro,

como lo era hace treinta años.

 

Ojalá se posasen las torcaces

en las ramas del pino de enfrente,

se montasen una sobre otra

y comenzaran el acto sexual.

Su difunta mujer volvería a su mente.

 

Pero nada de lo dicho ocurre.

Sin acción que provoque nostalgia,

al hombre no le queda más opción

que seguir pensando en su amiga,

de capa negra y guadaña en mano.

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