La vida de Clover

Allí nació Clover, en medio de unos verdes brotes sujetos a tierra mojada. Pasó días deslizándose en el barro mientras su cuerpo se alargaba. Temía la caída de la lluvia y sus grandes gotas golpeándole la cabeza como un martillo. Pero ahí seguía, inmóvil e impasible ante la adversidad. Por contra, adoraba el sol. El color de su piel se volvía más y más vivo con cada rayo.

No tardó en hacer amigos. Primero, conoció a sus vecinos de al lado, con los que entabló conversaciones a diario, y con los que, por algún motivo, se sentía realmente identificado. Después hizo más amigos, desde aquellos insulsos sujetos verdes y espigados hasta las más blancas damas de ojos amarillos. Todos tenían en común dos cosas: vivían en el mismo sitio y odiaban las épocas frías y nevosas. Cuando la nieve les cubría casi por completo, corrían el riesgo de perecer.

clover

Pasaron los años, y nuestro protagonista, al igual que sus compañeros, vivían cada vez con menor temor a la lluvia. Ahora era otro peligro el que acechaba. El calor, cada vez más sofocante, iba acompañado de una gran sequía. Las blancas damas estaban perdiendo la luminosidad y viveza que antes mostraban bajo sus pétalos. Aquellos tipos tan insulsos parecían sufrir con esa situación también. La mayoría empezó a preguntarse de dónde venían todos estos cambios meteorológicos. Algunos señalaban como responsables a unos gigantes que de vez en cuando merodeaban la zona.

Y llegó al fin el evento que estos amigos esperaban no llegar a ver. Ese día, que era por estadística el más lluvioso de cada año, no llovió. Ni al día siguiente, ni al otro…Clover era incapaz de descansar tranquilo. Imaginaba cómo sería el fin de su existencia, y la incertidumbre le comía por dentro. No tardaron en salir grietas cerca del suelo donde se encontraban. Las damas blancas habían muerto de asfixia tiempo atrás, y muchos de sus vecinos parecían destinados a tener el mismo devenir.

Finalmente, cuando no quedaba nadie, salvo sus semejantes y moribundos vecinos y él, Clover, exhausto y agonizando, ansió como nunca su propia muerte. Y justo entonces una mano enorme acabó con su desdicha, arrancándolo de cuajo del seco suelo.

_Vaya, tenías razón, sólo tiene tres hojas.

_Ya te he dicho que los de cuatro no existen.

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