Una ética de mínimos

Seguro que tú también lo recuerdas. Las típicas recetas, o “superconsejitos del día”, como diría aquel, de los profes de infantil y primaria. Desde los “no está bien reírse de…” hasta los “hay que hacer los deberes siempre”. Pero había uno muy recurrente, y apuesto a que a ti, fuera como fuera el/la profe y te portaras como te portaras tú, también te soltaron en alguna ocasión: “No hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”.

A priori, es una frase muy comprensible. Después de todo, lo único que demanda es que trates a los demás como crees que tú mereces ser tratado. No debería ser tan difícil de cumplir, ¿verdad?

El que nos inculquen este valor desde tan pequeños tiene un sentido. Se supone que es la base, uno de los principales cimientos sobre los que construir todo un modo de vida y una ética coherente.

Sobre este mandamiento moral podría construirse un sólido bloque de principios. Quizá por encima de todos ellos esté el de “ama a tu prójimo como a ti mismo”. Muchos no apoyaréis este dogma por venir de quien viene, pero creo que es hora de reconocer que, siendo cristianos o no, es a lo máximo a lo que podemos aspirar como seres conscientes y con conciencia.

Sin embargo, no llegamos a ese último escalón. Pero ni de coña. Ojalá pensara lo contrario, pero veo, como muchos otros, la corrupción en la política como reflejo de la sociedad. No son unas pocas manzanas podridas. Por lo menos no actualmente. Quizá fueron unas pocas tiempo atrás, y desde entonces han ido manipulando y haciendo sentir mal a los que tienen cierta fe en la justicia, la equidad y la solidaridad, hasta llevarlos al lado oscuro.

¿Qué tiene que ver la corrupción de los de arriba con el “no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”? En mi opinión, se trata del primer síntoma de la enfermedad. Muchas veces, ya sea por descuido, por indiferencia o con mala intención, no aplicamos ese principio que debería gobernar nuestras decisiones y modos de actuar. Y creo que la razón no es otra que la falta de empatía. ¿Cómo vamos a pensar si lo que estamos haciendo sería de nuestro agrado si fuésemos la otra persona, cuando no somos capaces de ponernos en su piel?

Califico el incumplimiento de dicho mandamiento moral como síntoma porque considero que, si no cumplimos siquiera ese, el más básico de todos, es cuestión de tiempo que vendamos el resto de nuestras convicciones sobre lo que está bien o mal al mejor postor.

¿Y cómo debemos reaccionar ante esto? Mostrándome tan escéptico en las líneas anteriores, no sería de extrañar una respuesta cínica por mi parte del estilo de: “no cabe otra que resignarse, aceptar las normas de la escasa moral vigente/actual y dejarse llevar, en vez de luchar contra viento y marea, ante un sistema que no podemos cambiar”. Pero no. Aunque sea egoísta, sigo actuando conforme a lo que me parece correcto por sentirme bien conmigo mismo.

Me he equivocado y me equivocaré en esa interpretación. Me arrepiento de los errores que he cometido y del daño que he causado a determinadas personas, con independencia de que lo mereciesen o no. Creo poder decir que he aprendido de ellos y procuraré, por todos mis medios, no volver a perpetrarlos. Ahora, forman parte de mi moral. Una tan simple como “no hacer a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti”.

plague-hospital-1800Cuadro: Plaga Hospital, Francico de Goya
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